lunes, 15 de marzo de 2010

El décimo ciervo de los ciervos de Agustín de Julián

El décimo ciervo tenía rumor de cuna
y deshacía la nieve con su hocico.




Alzado como un  templo,
su sombra era como una mancha de vino.




Volaba en un estandarte sobre mi cabeza
bebía entre dos rocas
de un río interminable,
en un paisaje atado por dos ángeles
a punto de dormirse, como un vago recuerdo.




El corazón nauta ya aprestaba su nave.

6 comentarios:

  1. Precioso. Me gustó especialmente atribuirle "rumor de cuna". Sugiere tanto...

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  2. No había leido nada de este autor. Reconozco mi ignorancia y realmente es interesante su escritura, su simbolismo.
    Intentaré ponerme al día y me tomo la libertad de dejar este enlace que tal vez ayude al entendimiento de su poesía:
    Unas palabras de Patricia Polo Pina a propósito de la poesía de Agustín de Julián
    En los poemas de Agustín el ciervo emerge por sorpresa, súbitamente. Como un rayo de luz en medio de la oscuridad.

    La vistosa cornamenta del ciervo evoca al árbol; símbolo de la regeneración y del ciclo, y, por tanto también de un retorno a la juventud.

    En Agustín de Julián, la simbología del ciervo remite a recuerdos del pasado, a presencias que hoy ya no están entre nosotros.

    José Martí decía en Versos sencillos:

    Mi verso es un ciervo herido

    Que busca en el monte amparo

    Los ciervos de Agustín se gestan a partir de recuerdos vividos, no construidos por la imaginación. La visión de un ciervo blanco en medio de la noche, en un bosque nevado, junto a dos amigos que no llegaron a verlo, es un recuerdo real, que se convertirá en presagio, en comienzo de una herida; la pérdida de los amigos, la pérdida de su visión sólo puede ser evocada en las imágenes que como jirones traen estos ciervos escritos entre sus astas.

    El retorno a la juventud es imposible, lo sabemos. El ciervo es un animal que anuncia la luz. Pero es una luz, la de la juventud, que no se puede alcanzar por completo. El ciervo es también entonces el símbolo de la fugacidad y de la huida.

    Ya desde la antigüedad clásica el ciervo está asociado a la diosa Ártemis-Diana, la gran cazadora, que porta un arco de plata, símbolo a su vez de la media luna. En El baño de Diana, Klossowski nos habla de esta doble naturaleza de la diosa: mortífera y luminosa. La imagen del ciervo, por tanto, lleva consigo una evocación luminosa y oscura, mortal; o mortal por luminosa. Paradójicamente esta luz conduce a un campo de sombra; la visión prefigura la no visión de estos seres que huyeron para siempre. El poeta como Acteón se convierte en un cazador de sombras.

    De ahí que en los Ciervos de Agustín encontremos el fuego y la nieve, las luces y las sombras, el blanco y el negro, la mujer y el hombre, el aleteo pero también el pataleo en el vacío. Nos da un laberinto, pero también la llave que abre la puerta de un misterio, un silencio con noventa y nueve nombres.

    Perseguir a un ciervo es una caza de índole mística, el alma insiste en perseguir a su dios para alcanzar su salvación y calmar la herida. El ciervo se convierte en símbolo crístico, en San Hubert de Aquitania, San Eustaquio o en San Julián el Hospitalario. A este respecto señala Mircea Eliade:

    «Si Cristo pudo ser asimilado al ciervo fue porque éste había simbolizado ya en la antigua Grecia la renovación periódica y universal, precisamente a causa de la renovación de sus astas»

    El primer ciervo de Agustín no es un animal, sino la llave que abre la puerta del laberinto;

    el segundo, es el silencio, el amor sin nombre;

    el tercero, es la memoria, un espejo, una alberca que el tiempo no turba.

    El cuarto ciervo, es el padre.

    El quinto ciervo, no es un animal, es una estrategia, un desafío, la necesidad de un asidero,

    El sexto ciervo, es el que aparece siempre al lado de algo bello, inabarcable, incompleto, porque la belleza nos deja huérfanos, y deja incompletas las cosas.

    El séptimo ciervo, es un ser de innumerables alas, no un ciervo, sino una mujer, y un niño, y un hombre solitario: el amor que penetra hasta los últimos rincones de la tierra.

    El octavo ciervo, un aroma nuevo y conocido.

    El noveno, una luz pequeña o un ángel.

    El décimo ciervo, deshace la nieve con su hocico y se alza como un templo.

    El undécimo, es lo inesperado, como un deseo al que se ha renunciado.

    El último ciervo, no es un ciervo, sino el pelo blanco, la cosecha del tiempo.

    El tiempo dispuesto para un nuevo comienzo.

    Esta información está recogida y es pública de la pagina personal del autor en el Facebook.
    Perdón por la extensión del comentario.

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  3. Te descubrí en "Marina del color del amor". De ahí salté a la página A Media voz donde la llenas entera y fíjate por donde, justo ayer leí "Marea negra" en el número 2 de la revista Kafka. No hay casualidades, pero sin darme cuenta he arribado hoy a la playa de tu blog y me alegro enormemente porque quería felicitarte por la Belleza de tu palabra y agradecerte las sensaciones que despierta en mí cuando te leo.
    Volveré.

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  4. Estoy publicando un texto de Ana Gorría sobre este poeta, Agustín de Julián, hacia el cual guardo un especial cariño. Agustín no es muy conocido pero entre las personas más cercanas admiramos su labor.

    La levedad y la gracia. Agustín de Julián por Ana Gorría.
    El Lunes, 13 de julio de 2009 a las 18:34
    La levedad y la gracia

    Simone Weil, en uno de sus textos fundamentales, advertía: “El apego es fabricante de ilusiones; quien quiera ver lo real, debe estar desapegado”- A esa retórica, estética y, por qué no decirlo, ética del desapego responde la pulsión lírica que mueve los textos de Agustín de Julián en la diversidad de poemarios que ha ido constituyendo a lo largo de su vida, siempre con la mirada atendiendo al horizonte.
    La poesía de Agustín de Julián, el corpus de su obra, la flecha de la palabra que penetra y horada en lo más profundo de la existencia tiene como protagonistas titulares Ciervos, helmánticas, palabras destinadas a celebrar lo más fungible de la existencia y, al mismo tiempo, encaminadas a arraigar a través de la belleza todo lo que de fútil pudiera tener el universo de lo vivo.
    El poemario ciervos, sabiamente diseñado, capaz de recoger el eco de lo sagrado de diferentes tradiciones espirituales como el gnosticismo, el cristianismo y el budismo, aventura en lo inusitado de su palabra un nuevo mundo, reververado de pretéritos ecos, y sostenido sobre la mirada del que sabe que en la palabra se arriesga un horizonte de belleza que jamás podrá llegar a ser comprometido, tal y como advirtiera Simone Weil. Una obra levantada sobre los propios cimientos de la personalidad, de la experiencia humana proyectada, tal y como imaginaran los cuadros y las composiciones de Escher, hasta el infinito de la propia comprensión.
    Sabiamente construidos, diligentemente sentidos, los ciervos de Agustín de Julián y en suma toda su poesía, suponen un aprendizaje y una profundización más allá de la trivialidad, de la frivolidad a la que pudiera tenernos acostumbrados nuestro universo de lo inmediato.. La fugacidad que representa la animalidad del ciervo no hace más que subrayar la levedad de nuestra conciencia frente a la riqueza de un universo que difícilmente podemos acaparar. Únicamente el tacto, el amor, es capaz de doblegar la infinitud de un universo mayúsculo para la dimensión humana. Una amor que no es posible imaginar sin dolor y sin un hurto del sí mismo que inevitablemente deriva en la propia mirada del contemplante. La memoria arranca piezas de la propia identidad, en los ciervos de Agustín, capaz de congregar amores del pasado, sueños del futuro, deseos de la cercanía solidaria que será capaz de sobreponerse a la íntima catástrofe a la que obliga el contacto con los ciervos. Mirarse en los cimientos del sí mismo es imaginar una humanidad soñada y proyectada “de la misma sustancia que los sueños”, tal y como diría Shakespeare, en el mismo momento en que la cúpula de la comprensión puede empezar a abrirse sobre nuestra propia condición humana. Sueños que en lugar de distraernos nos sorprenden, nos mueven y nos radican en una humanidad plena e hinchada de sentidos.
    La belleza como la totalidad, omnímoda, lejana y al mismo tiempo reflejada en cada porción del universo es el legado de estos animales silvestres en su sorpresa y su efímera brevedad. La justicia. La luz. El silencio. El íntimo estrecimiento que se refugia en el ánimo al leer la epifanía que suponen los ciervos de Agustín de Julián.

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  5. "su corazón nauta ya aprestaba su nave".
    Una sola moneda, para pagar al barquero.

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  6. Llegar a tu blog, Blanca, es como encontrar un oasis de sombra en medio de un desierto a las doce en punto. El poema de Agustín de Julián, todo un modelo de dicción y estética. Ha sido un placer pasarme por aquí. Te aseguro que volveré.

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