lunes, 29 de marzo de 2010

UNA ESCENA FAMOSA

El obispo Almarcha recuerda en un texto manuscrito, que  cedió a Martínez -Arenas, un encuentro con Miguel Hernandez cuando él era canónigo de la catedral de Orihuela:

"Volvía un atardecer con su rebaño. Se acercó a saludarme, como otras veces, y todo sudoroso, me dijo:
-¿Quiere ver unos versos?
Estaban escritos a lápiz.
-¡ Oh, muy bien, Miguelico, me gustan!...
Y él, con su sonrisa ingenua, me dijo:
-Pues me han puesto una multa porque mientras escribía no he visto ramonear las cabras.
-No te asustes; diré al Sr. Miguel que la pague, y si no, abriremos una suscripción entre los amigos. Sigue haciendo versos, pero en la noche; para leer durante el día llévate de casa los libros que quieras.
 La multa no se la pusieron, pero ni las cabras han encontrado otro pastor más distraído, ni mis libros otro lector más atento. "

6 comentarios:

  1. Te invitamos a que propongas dos blogs que te gustaría que participen en un duelo poético y nosotros llevaremos la invitación para que ellos decidan si le hacen frente a distinguido reto.

    Duelos de Poesía


    Saludos,
    Equipo
    Los Caballeros de la Dama de Cristal

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  2. Precioso final " ni las cabras pastor más distraído, ni mis libros lector más atento".
    Sigue contándonos cosas verdaderas, por favor.

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  3. Gracias, muchas gracias por contarnos estas anécdotas.
    Bicos

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  4. Preciosa conclusión la de la anécdota. Besos

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  5. Muy bien elegida la anécdota: por si faltaban pruebas para desmentir a Eutimio Martín.

    El final es redondo.

    Por cierto, me ha encantado la entrada de la lechuza y también las normas para el concurso literario de Calígula

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  6. La verdad es que bien poco importan ahora las cabras desparramadas por fincas ajenas, ¿verdad, Blanca? Y, menos, las multas.
    Que hermoso es imaginar a Miguel leyendo por estos huertos tan cercanos a donde vivo, por estos huertos que tú bien conoces. Y emocionante verlo con los ojos del alma y sorprenderlo con una libreta y un cabo de lápiz escribiendo versos.
    Ay, si existieran lectores tan atentos y de corazón tan ancho como el querido Miguel...

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