domingo, 22 de enero de 2012

ATENAS. ENTRE CIPRESES Y OLIVOS




BLANCA ANDREU


( Revista "Mercurio" Enero 2012)








Cuando llegué por primera vez a Atenas y vi sus colinas, el tremendo farallón recortado en el cielo y la fantástica corona de columnas, me dije:


—¿Cómo puede ser tan bella?


Era la menos enfática de las ciudades, la más natural con su cabellera de cipreses y olivos. Pensé que me habría gustado verla con caballos.






Mucho después, la última vez que estuve allí, desde la terraza de un hotel que domina la ciudad, me di cuenta del secreto —oculto en la evidencia— que anima su belleza: Atenas tiene el campo dentro.






No solo el trono de los antiguos dioses resulta ser un monte virgen engarzado en plena ciudad. También Likabitos, el cerro donde habitaban antaño camadas de lobos, está incrustado en medio de la urbe. Desde la altura se ven grandes meandros de campo que entran y salen como oleaje y se suman a los jardines, a las enormes excavaciones y a los entornos de las ruinas clásicas.






Ahí mismo, en la Akrópolis, los lirios crecen libres y hay anémonas y adelfas sin colegiar y lechuzas blancas que sobrevuelan el declinar de las Pléyades.






Además, Atenas es la ciudad europea habitada por más animales en libertad y la que más respeto muestra por ellos. “La salud de un pueblo es la salud de sus animales”, decían los antiguos.






En las estelas, en los frisos, en las esculturas funerarias y en la alfarería arqueológica aparecen no solo los caballos —a quienes atribuían la máxima belleza— sino los perros. Y es que en Atenas son ciudadanos de pleno derecho. A los perros de Atenas solo les falta votar, aunque nadie duda de que influyan en las corrientes de opinión, como el famoso Lukánikos, el perro que no se pierde ni una sola de las manifestaciones antisistema. Se les llama adéspota, que significa “sin dueño”. Son completamente libres. A veces se pasean a su aire por el Partenón sin comprar entrada, circulan por Síntagma respetando los semáforos, se tumban al sol en Plaka, o se acercan a un restaurante a comer. Viven, en suma, su vida independiente como todo griego que se precie. Ellos mismos eligen a sus proveedores. A menudo, en los mejores hoteles de Atenas, en las entradas porticadas donde un conserje vestido de mariscal monta guardia, suele reposar algún perro instalado en una alfombrita, a veces viejo y ya despeluchado o medio cegato, cuya visión los ricos arrogantes deben soportar sin rechistar. Incluso hay uno, Hispas, que ha decidido adoptar a la Embajada Española como socio.






También es una ciudad de gatos lustrosos que celebran concilios a la puerta de las tabernas, de palomas que planean como buitres a la hora del desayuno, de descarados gorriones que se atreven a posarse en las terrazas de Plaka al borde del plato del pan.






Mirando a la izquierda desde el enorme farallón puede verse el antiguo barrio de los alfareros, que ahora, junto con la necrópolis, forma el gran museo arqueológico del Ceramikón. Allí, donde aún permanecen los restos de los héroes de Maratón, dormita entre la hierba una colonia de tortugas, tan campantes y felices bajo el sol griego como desdichadas y hacinadas malviven en la estación de Atocha de Madrid, que parece el Pozo Negro de Calcuta de los quelonios, un centenar de tortugas “ornamentales”.






Casualmente, en griego se utiliza la misma palabra para el caparazón de las tortugas y para los pedazos de la cerámica que los alfareros destruían cuando una pieza resultaba defectuosa. Esos trozos cóncavos, llamados óstraka, servían para votar las condenas al ostracismo de los miembros detestados por la comunidad.






Esa costumbre, que en principio parece tan envidiable, tuvo que suprimirse cuando degeneró dando lugar a grandes injusticias. La más notable fue la de Arístides, apodado el Justo. El propio Arístides contó que el día de la votación se le acercó un sujeto que no sabía escribir y le preguntó si le importaría anotar su voto en su óstrakon:


—Por supuesto —respondió el gran hombre— ¿Qué nombre quiere que escriba?


—“Arístides” —le dijo el otro, que no lo conocía.


—¿Y por qué “Arístides”? —inquirió él, muy sorprendido.


—No lo he visto nunca, ni sé de él que haya hecho nada malo, pero estoy harto de escuchar que todos le llaman “el Justo”.






Contaba Benet que los triunfos romanos se construían en piedra, en tanto que los triunfos griegos se levantaban con madera y a los veinte años se destruían. En parte, supongo, a causa de aquellos que estaban hartos de oír hablar de cómo Milcíades, o quien fuera, les había dado para el pelo a unos xenos. Sin embargo, cualquiera puede advertir que hay una gran sabiduría en esa norma que combatía la arrogancia más allá del justo orgullo y que acreditaba la soberanía del tiempo sobre los hechos, en tanto que, de paso, espabilaba al que se había dormido en los laureles.






También —y sobre todo— hay una altísima sabiduría en la ley tácita que obliga a los restaurantes y las tabernas a dar algo de comida a cualquier necesitado que se acerque a mendigar. Cuando me enteré de su existencia, me vino a la mente la vieja bossa nova de Vinicius de Moraes: “Se todos fossem iguais a você / qué maravilha viver”.

8 comentarios:

  1. Yo, leyendo pensaba que el campo está en mi. Y , por eso, quizá sea Atenas la única ciudad en la que yo podría ser feliz, como los perros, las tortugas y los mendigos.
    Como lo somos aquí mis animalitos, libres, libérrimos, y yo.

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  2. Esta tarde miraba fotos de Atenas, necesitaba recordarla, fundirme una vez más en su belleza, en su hermosura. Ahora, he visto tu entrada y la he gozado, pues me has hecho pasear por Ermou, Monastiraki, Ceramikós, la Acróplis, Plaka, Likavitos..., observar sus sabios perros, sin duda filósofos del mundo antiguo... Ay, qué bonito y qué ganas tengo de volver.
    Un beso, Blanca.

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  3. No he querido privar a los lectores de "La Pasión Griega" de tan hermoso artículo y, con tu permiso, lo he enlazado en mi blog.

    Καληνύχτα και καλή εβδομάδα!

    http://lapasiongriega.blogspot.com/2012/01/atenas-entre-cipreses-y-olivos.html

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  4. Precioso recorrido, Blanca. Estuve allí y vuelvo con tus ojos ahora. He pensado en ellos, leyendo a Markaris. Vividores sabios. Adéspotas, sin dueño. Ese perro encabezando la manifestación es todo un símbolo de ese pueblo que ama la vida y la entiende. Saludos.

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  5. Muchas gracias por tu bello artículo, las fotografías y los vídeos de Grecia. Ahora que no puedo viajar allí en aeroplano, me sirven de consuelo y de inspiración.
    Maribel A.

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  6. ayer los cínicos de atenas vivían como los perros
    y hoy los perros de atenas viven como los cínicos
    mientras diógenes juega con el ratón
    del banquero alejandro magno

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  7. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  8. María Jesús:
    Desde luego que tú y tus animales seríais felices allí y que los griegos te entenderían perfectamente, así como a Chispa, Cuco y demás. No lo dudes.

    Isabel Martínez Baquero:
    Qué coincidencia, Isabel. Me alegro de haberte ayudado a recordar esa ciudad que tanto amamos. Y no te lo pienses mucho: ahora es muy barato acercarse hasta allí, y a ellos les viene genial, ya que en gran parte viven del turismo. Besos.

    Niko:
    Kalinijta, Niko, kai evgaristó poli. Ego íme muy feliz de aparecer de nuevo en tu maravilloso blog, el más enamorado de la Hélade de todos los que conozco.
    Ena glikó filí.

    Francisco:
    Gracias por tu mensaje, Francisco. Me alegra que hayas revisitado Atenas un poco gracias a mi. Saludos.

    Maribel A:
    Gracias a ti por leerlo. Y no dejes de ir en aeroplano: ahora es muy barato viajar a Grecia.

    Mario Alvarez Keller:
    También se dice que les llamaban cínicos porque la escuela de ¿Antítenes? de Menara se encontraba en la plaza del Perro Agil.
    Gracias por tu comentario, Mario.

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